"La Fé de Mariana".
"La Fe de Mariana"
Mariana tenía solo ocho años, pero ya sabía lo que era el silencio incómodo durante la cena. Sabía lo que eran los suspiros largos de su madre al ver los recibos, y cómo su padre, antes alegre y fuerte, ahora pasaba las tardes mirando al suelo, derrotado por el desempleo que no le daba tregua.
Vivían en una casa modesta que comenzaba a perder color, como si incluso las paredes sintieran la tristeza. Mariana escuchaba las discusiones noche tras noche: "¿Y cómo vamos a pagar la luz?", "Ya dejé otro currículum, pero no llaman", "No puedo más". Y cada palabra, aunque no fuera para ella, se le quedaba clavada.
Una mañana, Mariana se escapó de la casa sin decir nada. Llevaba en la mano su muñeca más vieja —la única que le quedaba después de que vendieron algunas cosas— y caminó hasta la iglesia del barrio. Entró en silencio, como había visto hacer a los adultos, y se arrodilló en el primer banco, mirando al altar.
Cerró los ojos con fuerza, tan fuerte que parecía querer espantar cualquier duda. Y entonces dijo, en voz baja pero decidida:
—Dios, yo sé que soy chiquita, pero te hablo desde todo lo que tengo. Mi papá necesita un trabajo. Mi mamá necesita dormir tranquila. Yo no quiero juguetes. Solo quiero verlos reír otra vez. Te lo pido con tanta fe… que la realidad temerá contradecirme.
Se quedó ahí un rato más, en silencio, con el corazón latiendo como si alguien la escuchara de verdad.
Esa misma tarde, su padre recibió una llamada de una empresa local. Habían encontrado su currículum perdido en una bandeja olvidada. Alguien se había ido inesperadamente y necesitaban cubrir el puesto ya. Fue a la entrevista al día siguiente y lo contrataron en el acto.
Pero eso no fue todo.
Un cliente habitual del lugar, al conocer la historia del nuevo trabajador —la lucha, la familia, la fuerza silenciosa— lo recomendó para un programa de desarrollo de microempresas. Con ese impulso, el padre de Mariana logró abrir su propio taller de carpintería, el oficio que amaba desde joven. Meses después, la familia no solo estaba bien: había prosperado.
Y cada vez que le preguntaban a Mariana qué pasó, por qué cree que todo cambió tan de pronto, ella sonreía con esa mezcla de niña y sabiduría antigua, y respondía:
—Le hablé a Dios como si ya me hubiera dicho que sí. Porque a veces la fe no mueve montañas… las convence de moverse solas.
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