"Hasta Aquí"

"Hasta Aquí"

Rocio llevaba siete años con Marco. De afuera, parecía una pareja normal: una madre joven, un hijo de cinco, un hombre trabajador. Pero las paredes conocían otra historia. Las discusiones eran rutina. Las humillaciones, alimento diario. Y las disculpas, siempre venían después… hasta que dejaron de importar.

Aquella noche no fue la primera vez que Marco alzaba la voz. Pero sí fue la primera vez que la sacó de su propia casa, tirándola del pelo como si fuera un mueble incómodo. Rocio se golpeó la rodilla contra el umbral. En su desesperación, alcanzó a ver a su suegra parada en la cocina. Mirando. Callada. Inmóvil.

Esa imagen se le clavó más que el dolor físico: una mujer que también había sido madre, que también había tenido miedo… y no hizo nada.

Rocio se quedó en la vereda. Descalza. Sangrando. Llorando sin lágrimas, como si ya no le quedaran.
Pero algo distinto ocurrió. No fue rabia, ni pena. Fue un silencio interior que le dijo:
"Se acabó. Este será el último día."

No regresó. Ni por ropa, ni por disculpas. Al día siguiente fue a un refugio. Luego, a una abogada. Luego, a terapia. Nadie aplaudió. Nadie puso música épica de fondo. Pero paso a paso, Rocio se convirtió en algo que hacía años no era: libre.

Durante el juicio por la custodia, Marco intentó actuar. Lloró, se victimizó. Su madre lo acompañaba, esta vez sí, sentada como mármol. Rocio no gritó. No lloró. Solo habló con firmeza. Y el juez la escuchó.

Obtuvo la custodia total. Encontró trabajo como asistente administrativa. Rentó un apartamento con una ventana enorme por donde entra toda la luz. Cada noche, cuando su hijo duerme, se sienta frente a esa ventana, toma té, y piensa:

"No fui valiente ese día porque no sentí miedo. Fui valiente porque lo sentí todo… y aún así me fui."

Y aunque a veces le tiembla el alma, nunca más volvió a arrodillarse ante el amor mal entendido.


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