“El silencio más profundo”
“El silencio más profundo”
Lía era el alma del centro de yoga más prestigioso de la ciudad. Con más de diez mil seguidores en redes, clases llenas, conferencias en retiros espirituales y frases sabias para cada situación, muchos la llamaban “la mujer luz”. Su cabello siempre perfectamente recogido, su piel resplandeciente, su voz pausada y firme. Hablaba del desapego, de la paz interior, de cómo todo estaba en la mente. Y lo creía. O al menos, eso pensaba.
Un día, después de un chequeo rutinario que no le preocupaba en lo absoluto, la médica le dio una noticia que sonó como un golpe sordo en medio de un gong tibetano: cáncer. Etapa tres. Avanzado.
—¿Cómo? —dijo, como si esa palabra pudiera deshacer el diagnóstico—. Pero yo medito. Yo no me estreso. Yo cuido mi alimentación. Yo...
La doctora la miró con una mezcla de compasión y firmeza. —A veces, el cuerpo tiene sus propios caminos. No todo se puede controlar con respiraciones.
Esa noche, Lía no pudo dormir. Lo intentó: respiraciones profundas, mantras, afirmaciones. Todo sonaba vacío. Por primera vez en años, se sintió desnuda. No como en una sesión de sanación. Desnuda de verdad. Frágil. Confundida.
Los días pasaron. Empezó el tratamiento. Perdió el cabello. Perdió el control. Lloró. Gritó. Maldijo su cuerpo. Maldijo su “sabiduría”. Pero también, lentamente, algo nuevo comenzó a nacer.
Una mañana, mientras miraba por la ventana del hospital, notó a una enfermera joven tarareando una canción mientras le cambiaba el suero a una anciana. Había en ese gesto una ternura silenciosa, una entrega sin palabras, que no encajaba en ningún libro de espiritualidad que Lía hubiera leído. De pronto, entendió.
No se trataba de perfección. Ni de control. Ni siquiera de “vibrar alto”.
La verdadera espiritualidad no estaba en evitar el dolor, sino en abrazarlo. En estar presente cuando el cuerpo duele. En permitir que te sostengan. En dejar caer la máscara de “todo está bien”. En amar sin tener respuestas.
Cuando regresó al centro de yoga, meses después, Lía no era la misma. Su voz seguía siendo suave, pero ahora tenía grietas. Ya no usaba frases bonitas para cubrir el miedo. Hablaba de él. Lo miraba de frente. Y sus clases, antes perfectas, ahora eran reales. Más silencios. Menos poses.
Una vez, una alumna nueva le dijo:
—Gracias. Vine buscando calma, pero encontré verdad.
Lía sonrió. No como “la mujer luz”. Sino como una mujer viva.
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