“El que siempre estuvo”


“El que siempre estuvo”


Marcela tenía un tipo. Lo sabía ella, lo sabían todos. Amaba el peligro, las motos rugiendo, las miradas intensas, los tatuajes mal hechos, las promesas vacías. Siempre elegía al chico malo del barrio. El que llegaba tarde. El que no respondía mensajes. El que no la cuidaba, pero la hacía sentir viva… por un rato.

Y en el rincón de su vida, como una nota olvidada en el margen de una página, estaba Tomás. El mejor amigo desde el jardín. De sonrisa tímida, mochila ordenada, mirada honesta. Era el que la llevaba a casa cuando el “chico malo” de turno la dejaba plantada. El que escuchaba llorar sin decir “te lo dije”. El que la quería en silencio, sin exigencias.

Pero Marcela no lo veía. No quería verlo.

Hasta que la vida, como suele hacer, lo cambió todo.

Su padre, su roca silenciosa, murió de un infarto una tarde cualquiera. El mundo de Marcela se derrumbó. Lágrimas, trámites, familia rota. Y ahí estuvo Tomás. Siempre ahí. Sosteniéndola sin pedir nada.

En el funeral, mientras los vecinos callaban y la tristeza llenaba el aire, su novio de turno —el último en una larga fila de errores— se le acercó y, sin bajar la voz, dijo:

—Bueno, al menos ahora podemos vivir en esta casa. Ya era hora de que se fuera ese viejo.

El silencio fue instantáneo. Como una bomba de hielo.

Tomás lo escuchó. Caminó hacia él con los ojos ardiendo.

—¿Qué dijiste?

—Relájate, nerd. Solo estoy siendo realista.

Y entonces vino el golpe. Uno solo. Fuerte. Directo. Sincero.

—Si te vuelvo a ver cerca de ella o de esta casa, te juro que no te salva nadie —dijo Tomás, temblando de rabia.

El tipo huyó, mascullando insultos que ya nadie escuchaba.

Marcela no dijo nada en el momento. No pudo. Pero esa noche, en medio del dolor y del vacío, miró a Tomás de otra forma. Como si sus ojos, por fin, hubieran aprendido a ver de verdad.

Él estaba en la cocina, lavando los platos del velorio, en silencio, como siempre. Como alguien que no busca atención, sino que simplemente ama.

Ella se le acercó, suave, y dijo:

—¿Por qué nunca me dijiste que me amabas?

Tomás la miró, sin dejar de frotar el plato.

—Porque no quería ser otra voz en tu vida. Quería ser el silencio que te sostuviera cuando todo se cayera.

Esa noche, Marcela lloró. Por su padre. Por su ceguera. Por ese amor tan limpio que había ignorado tanto tiempo.

Y por primera vez, dejó de buscar tormentas… y eligió el abrigo de quien siempre estuvo, en calma.


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