“El Valor de Tener Algo”


  “El Valor de Tener Algo”


Ramiro no siempre vivió en la calle. Hubo un tiempo en que tuvo un trabajo, un departamento alquilado, hasta una perra llamada Lila. Pero desde joven había desarrollado una idea que, como una gota insistente, terminó por agrietar todo: si tengo algo, alguien me lo va a quitar.

Ese pensamiento no nació solo. Su padre perdió todo en una estafa. Su madre fue desalojada sin previo aviso. Un compañero de trabajo le robó sus ahorros. Cuando el miedo se convirtió en certeza, Ramiro hizo lo impensable: renunció, regaló sus pertenencias, se desconectó de todo y se fue a vivir a la calle. Sin nada, razonaba, no había nada que perder.

Pasaron siete años. Dormía en una banca fija del parque Sarmiento, hablaba poco, aceptaba comida pero nunca dinero. Si alguien le ofrecía una moneda, la rechazaba con una frase que repetía como un rezo:
—Gracias, pero no quiero deberle al universo.

Hasta que un día, una mujer se detuvo frente a él. No era joven, ni anciana. Su rostro era simple, como el de cualquiera. Pero sus ojos tenían algo extraño, como si vieran hacia dentro de las personas.

Ella no le ofreció pan. No le dio monedas. Solo le dijo:
—Ten la certeza de que el universo está conspirando a tu favor.

Ramiro arqueó una ceja.
—¿Eso qué significa? —murmuró con la voz rasposa de quien ha hablado poco con el mundo.

Ella sacó un papel y se lo puso en la mano. Una dirección, una hora, una palabra: “entrevista”.
—Hoy buscan porteros. No piden experiencia. Solo alguien puntual.

Él la miró con desconfianza. ¿Qué si era una trampa? ¿Y si lo hacían firmar algo y le robaban su identidad? ¿Y si...?

Pero esa noche no durmió. La frase le zumbaba en la cabeza. Como un virus. Como una esperanza.

Al día siguiente se lavó en la fuente del parque, se acomodó la barba, se puso la ropa menos rota que tenía, y caminó hasta la dirección.

Lo contrataron ese mismo día.

El trabajo no era glamoroso. Portero de un edificio viejo en el centro. Pero le dieron uniforme, un cuarto pequeño, y algo que nunca había sentido desde hacía años: pertenencia.

Con el tiempo, empezó a guardar su salario. Primero en una caja. Luego en una cuenta bancaria. Aprendió a confiar, un poco. Adoptó un gato callejero. Compró una radio. Y cada vez que el miedo regresaba, recordaba la voz de aquella mujer.

Pasaron dos años. Una tarde, caminando por la misma calle donde vivió, vio a un joven en situación de calle, temblando de frío. Le ofreció un abrigo, pero el chico rechazó todo.
—Si tengo algo, alguien me lo va a robar —dijo con voz rota.

Ramiro se agachó a su lado. No sacó monedas. No ofreció comida. Solo escribió algo en un papel y se lo entregó con una sonrisa:
—Ten la certeza de que el universo está conspirando a tu favor.

Era la dirección de su edificio. Esa noche, dormirían ambos bajo techo.

Porque a veces, dar algo… es la mejor manera de aprender que nadie te lo puede quitar.



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