"Resaca de Futuro"
"Resaca de Futuro"
A nadie le sorprendía ver a Tolo tirado en la vereda, abrazado a una botella vacía y con la camisa abierta como si hubiera peleado con el viento. Era parte del paisaje del barrio, como los murales de tango o el almacén de Don Emilio. Su rutina era sencilla: se levantaba sin saber cómo había llegado a casa —o si siquiera lo había hecho—, buscaba monedas en los bolsillos y volvía a emborracharse hasta olvidarse de todo, otra vez.
Tolo tenía un don para desaparecer dentro de sí mismo. Las fiestas que no recordaba eran legendarias, decían. Nadie sabía de qué huía, tal vez ni él. El barrio lo quería, pero también lo lamentaba. "Pobre Tolo", repetían, como si su destino ya estuviera sellado.
Todo cambió un martes nublado, cuando Micaela, con quien había tenido una relación intermitente entre botellas y olvidos, lo buscó con una mezcla de rabia y esperanza:
—Vas a ser papá, Tolo. Y no me digas que no es tuyo porque lo es.
Tolo se rió. Luego lloró. Luego vomitó. Esa noche prometió cambiar. Pero las promesas tienen poco peso cuando se le hacen a una botella.
Pasaron los meses y Tolo intentó mantenerse sobrio. Duraba días enteros sin tomar, se compró una agenda, fue a dos reuniones de Alcohólicos Anónimos. Incluso fue a una ecografía. Miró la pantalla y por primera vez en mucho tiempo sintió miedo de sí mismo.
Pero la noche antes del parto, Tolo cayó. No fue una gran fiesta, ni una gran excusa. Solo un mal día. Una cerveza, después otra, y cuando abrió los ojos, estaba tirado al lado de una zanja, con la cara pegada a una bolsa de plástico.
El celular sonaba. Lo ignoró. Hasta que leyó el mensaje:
“Nació tu hija. Se llama Alma. No estabas.”
Ese mensaje lo rompió. No porque le dijeran que no estuvo, sino porque por primera vez entendió que ya no era solo él quien sufría por su adicción.
Desde ese día, Tolo no volvió a beber. No fue inmediato. Tropezó, dudó, pero no volvió a caer al mismo pozo. Comenzó a ir todos los días a ver a su hija. Le contaba cuentos inventados, todos con finales distintos, pero un mismo comienzo:
—Había una vez un tonto que no sabía ser papá, hasta que aprendió a recordar.
Y esta vez, lo recordaba todo.
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