“Hasta que el cuerpo nos separe”

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 “Hasta que el cuerpo nos separe”


El sol caía suave sobre el campo cuando Emilia y Martín salieron del hotel rumbo a casa. Llevaban solo cinco días casados. Sus manos iban entrelazadas como si el universo aún no supiera que ellos, dos almas que se habían buscado durante años, ya se habían encontrado para siempre.

El accidente fue seco, brutal. Un camión dormido en la curva, un segundo de distracción, el mundo girando de lado. Emilia despertó en el hospital con un brazo fracturado, el rostro cubierto de cortes y la garganta seca de tanto gritar su nombre.

Martín no respondió al principio. Cuando finalmente abrió los ojos, su voz era apenas un susurro. Pero la noticia llegó rápido, sin anestesia: fractura completa de columna, lesión irreversible. Paraplejía.

Él no lloró. No gritó. Solo se apagó. Poco a poco. Día tras día.

—No tienes que quedarte —le dijo una noche, con la mirada clavada en el techo blanco de la habitación.
—Claro que no tengo que quedarme —respondió Emilia, sentándose a su lado—. Pero quiero hacerlo.

Y se quedó.

La rehabilitación fue cruel. No solo para Martín, que debía aprender a vivir sin sentir sus piernas, sino para ella, que debía aprender a no quebrarse frente a él. Se convirtió en sus manos, en sus pies, en su fuerza cuando él no tenía ganas de ser fuerte.

Le cortaba el pelo, lo afeitaba, lo bañaba con una dulzura que no era lástima, sino amor templado por el dolor. Le leía libros cuando él no quería hablar, le contaba chistes malos solo para escuchar su risa tímida, rara, preciosa.

Un día, Martín estalló:
—¡No soy un hombre! ¡Soy un peso muerto, Emilia!
Ella lo miró largo rato.
—Entonces enséñame a volar con vos encima.

No todo fue nobleza. Hubo noches de silencio. Días de rabia. Tentaciones de rendirse. Pero también hubo besos torpes sobre la silla de ruedas. Baños de sol en la plaza. Y una primera pintura que Martín hizo con la boca, que ella colgó en la sala sin decir una palabra. Solo sonriendo.

A los dos años, inauguraron juntos una fundación para víctimas de lesiones medulares. Él dictaba charlas desde su silla. Ella traducía emociones en palabras para otros que aún no sabían cómo empezar de nuevo.

La silla seguía ahí. La cicatriz en el rostro de Emilia también. Pero la promesa que se habían hecho aquel día, frente al altar, resonaba más viva que nunca:

“En la salud y en la enfermedad, en la alegría y en el accidente.”

Y lo más hermoso era que, en medio de la fragilidad, aprendieron a ser invencibles.



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