"El sermón que no se dijo"
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"El sermón que no se dijo"
Don Eusebio era el alma de la parroquia del barrio. Siempre de traje, Biblia en mano, y una voz que retumbaba los domingos por los parlantes como si Dios mismo le dictara cada palabra. Hablaba de pecado, de humildad, de caridad... y luego salía del templo sin mirar a nadie a los ojos.
Era conocido por su puntualidad, su juicio afilado y su manera de decir "Dios te bendiga" con un tono que más parecía una sentencia.
A dos casas de la iglesia vivía Tomás. El ateo del barrio. Mantenía un taller de bicicletas, escuchaba rock viejo, y no se metía con nadie. Algunos lo llamaban “el perdido”, otros cruzaban la vereda al verlo. Tomás no discutía. Solo sonreía con ironía.
Una noche de lluvia feroz, una señora mayor —Doña Marta— se resbaló frente a la plaza. Nadie salía. Nadie abría la puerta. Tocó la casa del hermano Eusebio, quien entreabrió la cortina… y no abrió.
—Lo siento, hermana. Ya es tarde. Que el Señor la acompañe.
Marta se quedó empapada, con la rodilla sangrando. Temblaba. Y entonces, apareció Tomás, descalzo, con una linterna en mano. La llevó a su casa, le limpió la herida, le hizo un té.
—¿No tienes miedo de ayudarme? —le preguntó ella—. Todos dicen que no crees en nada.
—Claro que creo —respondió él, mientras le ponía una manta—. Creo en no dejar sola a una señora bajo la lluvia.
La noticia corrió rápido. Algunos murmuraban que Tomás solo lo hacía para quedar bien. Otros no sabían cómo procesarlo. Pero una cosa quedó clara: ese domingo, la iglesia se llenó más de lo habitual.
Eusebio, de pie en el púlpito, abrió la Biblia… pero no dijo ni una palabra. Cerró el libro, bajó lentamente, y se fue. Algunos dicen que nunca volvió a predicar.
Tomás nunca entró a esa iglesia. Nunca hizo un discurso. Pero cada vez que alguien lo saludaba con respeto, él respondía con una sonrisa y una frase simple:
—No hace falta creer en el cielo para saber cuándo alguien necesita un paraguas.
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