"Donde no crecen los limoneros"
"Donde no crecen los limoneros"
Cuando Elena tenía 8 años, su madre le gritó por romper un vaso. No fue el grito lo que dolió, sino la frase:
—Eres igual que tu padre, un error que nunca debí cometer.
Nunca supo quién era su padre, solo que su sola mención era veneno en casa. Su infancia fue un campo minado de silencios, puertas cerradas de golpe, castigos sin explicación y miradas frías que dolían más que cualquier golpe.
Creció con una idea clara: algo en ella estaba roto. Se convirtió en una adolescente silenciosa, luego en una joven desconfiada. No permitía que nadie se acercara demasiado. Abandonaba antes de que la abandonaran.
A los 29, se encontró llorando en un baño público después de haber gritado a su sobrino por un error sin importancia. Se escuchó. Se vio. Y no se gustó.
Esa noche recordó una imagen nítida: un limonero en el patio de su infancia. Su madre nunca lo cuidaba, pero aun así daba frutos. Ella, de niña, le hablaba bajito, como si fuera su único amigo.
A la mañana siguiente, buscó un psicólogo. No para cambiar el pasado, sino para entender cómo no repetirlo. En cada sesión, desenterraba pedazos de sí misma, con miedo, con rabia, con ternura.
Con el tiempo, volvió a ver a su madre. Ya vieja, frágil, olvidadiza. No hubo disculpas. Pero Elena ya no las esperaba. Se quedó en silencio, le acarició la mano, y supo que el perdón no era un regalo que su madre mereciera, sino una herida que ella necesitaba cerrar.
Hoy, Elena trabaja con niños. No todos son fáciles, algunos son como ella fue: heridos en lo profundo. Pero ella les habla con la paciencia que necesitó y no tuvo.
Y en el jardín de su casa, hay un limonero. Lo cuida con esmero. No porque lo necesite, sino porque ahora entiende: hay que proteger lo que da fruto, incluso si viene del dolor.
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