"La culpa de todos menos mía"




"La culpa de todos menos mía"

Mariela tenía una teoría para cada cosa que le salía mal. Si no conseguía trabajo, era porque el gobierno, el tráfico o los reclutadores eran unos inútiles. Si una relación no funcionaba, claramente era porque “los hombres son todos iguales”. Si enfermaba, era por culpa de su jefe, que no ponía calefacción en la oficina.

Era lista, sarcástica y encantadora en fiestas. Pero cada vez tenía menos a dónde ir. Sus amigas se distanciaban, cansadas de escuchar los mismos lamentos disfrazados de análisis profundos.

Un día, tras perder su quinto empleo en un año, su hermana menor, Paula, la miró fijo y le dijo:

—Mariela… ¿y si el problema fueras tú?

Fue como si le hubieran arrojado un balde de agua helada. No dijo nada. Solo se fue.

Pasó semanas sin hablar con nadie. La frase le rebotaba en la cabeza como un eco afilado. Por primera vez, se preguntó: ¿Y si he vivido tanto tiempo buscando culpables porque me da miedo mirar hacia dentro?

Entonces ocurrió algo que nadie esperaba: se inscribió en un curso de cerámica. No para arreglar su vida, sino porque sentía que necesitaba hacer algo con las manos. Y el barro, a diferencia de las personas, no discutía. Solo exigía atención y paciencia.

Meses después, vendía piezas en ferias artesanales. Trabajaba medio tiempo en una tienda, donde era puntual por primera vez en años. Cuando alguien le preguntaba por qué ahora todo parecía irle mejor, respondía sin ironía:

—Porque dejé de culpar al mundo. No cambió el mundo… cambié yo.

Y lo más curioso es que, al hacerlo, el mundo pareció responder con menos resistencia.



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