"No lo voy a llamar"
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"No lo voy a llamar"
A Laura le tomó cuatro años entender que lo que vivía no era amor, era encierro. Cuatro años de disculpas vacías, de palabras que la aplastaban más que los golpes, de caminar de puntillas en su propia casa para no “provocar” una tormenta.
Él era encantador con los demás. La gente decía: "Qué afortunada eres, Laura."
Y ella sonreía como podía, porque sabía que nadie creería que aquel hombre que la abrazaba en público era el mismo que le decía "estás loca, nadie te va a querer nunca."
La última vez que la empujó contra la pared, su hijo —de seis años— gritó. No por el golpe, sino porque entendió. Entendió que eso no era normal.
Esa noche Laura no lloró. No empacó todo. Solo tomó lo esencial, a su hijo de la mano, y salió. A pie. A la intemperie. Pero por primera vez, sin miedo al silencio.
Pasó meses reconstruyéndose. Vivió en una casa de acogida, buscó ayuda legal, se enfrentó a burocracias, y a su propia culpa. Porque la culpa no se va rápido. A veces, se disfraza de nostalgia.
Una tarde, semanas después de haberse mudado a su propio departamento, se encontró mirando el celular. Su dedo temblaba sobre el contacto que aún no había borrado. Él le había escrito: “Extraño a nuestro hijo. Y a ti. Perdóname.”
Laura pensó en todo lo que él le decía después de cada golpe: “Nunca más, te lo juro.”
Y en todo lo que volvía a hacer después.
Sintió las ganas de llamarlo. De escucharlo. De creer.
Pero respiró hondo. Pensó en la versión de ella que no había nacido aún. Una Laura libre, entera. Pensó en su hijo jugando sin sobresaltos. Pensó en su paz.
Y entonces, como si rompiera una cadena invisible, se dijo en voz alta:
—No lo voy a llamar.
Borró el número.
Esa noche durmió sin sobresaltos por primera vez en años.
Hoy, Laura es voluntaria en el mismo refugio donde llegó con miedo. A otras mujeres les dice:
"No importa cuánto lo amaste, ni cuántas veces te pidió perdón. Importa cuántas veces volviste a empezar, aunque te doliera. Y esta vez, que sea para ti."
Y cada vez que duda, cada vez que el pasado la susurra desde la oscuridad, ella se repite en silencio:
"No lo voy a llamar. Me llamo a mí."
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