"Solo Quedamos Nosotras"
"Solo Quedamos Nosotras"
Era una tarde común de otoño cuando Maura decidió salir solo por unos minutos. Su madre le había pedido leche, y su padre le lanzó una sonrisa mientras le decía que no tardara. Su hermano menor estaba en su habitación, jugando con la gata, Nube, que era parte del alma de esa casa.
Maura no tardó más de veinte minutos, pero al doblar la esquina de su calle, un humo negro y espeso le nubló la vista. Corrió, desesperada, con las bolsas cayendo de sus manos. Su hogar, su refugio, estaba envuelto en llamas. Gritó sus nombres, lloró, se empujó entre los bomberos, pero ya era tarde. Nada pudo hacerse. Su familia entera se había ido… en minutos.
Entre la confusión, los gritos y el calor, algo la hizo mirar hacia arriba. En el segundo piso, entre los restos del cuarto que compartía con su hermano, una figura conocida maulló: Nube, cubierta de hollín, temblando. Sus ojos, aún llenos de vida, se clavaron en los de Maura abrió los brazos sin pensar. La gata, en un acto desesperado de confianza y amor, saltó. El momento pareció congelarse. El corazón de Maura se detuvo. Y entonces, sintió el peso suave y caliente de Nube en sus brazos. Lloró. No por la gata. Por todo.
Los días siguientes fueron un borrón de trámites, condolencias vacías, y noches interminables en un pequeño cuarto de pensión. Solo le quedaba algo de dinero que su padre había dejado en una cuenta de ahorros "por si acaso", como siempre decía.
Con ese poco, Maura comenzó de nuevo. Una maleta, una gata, y el vacío de una mesa con tres sillas que ya nadie ocuparía. No hablaba mucho. Solo con Nube. A veces, cuando lloraba en silencio, la gata se subía a su pecho y ronroneaba como si intentara coserle el corazón desde dentro.
Pasaron los meses. Maura alquiló una habitación modesta y comenzó a pintar —algo que hacía con su madre los domingos. Sus cuadros, llenos de fuego y cielos estrellados, llamaron la atención. Una galería pequeña le dio una oportunidad.
La gente veía arte en su dolor. Maura no se sintió feliz por eso… pero sí un poco menos sola.
Y cada vez que alguien le preguntaba cómo lo logró, ella sonreía con tristeza, acariciando a Nube en su regazo:
—Todo ardió. Todo murió. Pero nosotras… nosotras saltamos del fuego.
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