“Lo que el cuerpo no explica”
“Lo que el cuerpo no explica”
Leonardo era un hombre de ciencia. Forense desde hacía más de veinte años, trabajaba entre cadáveres, autopsias, informes y silencio. Nada lo sorprendía. Nada lo quebraba.
—La muerte es parte del ciclo —decía con voz calma y mirada serena—. Somos materia que se apaga. Nada más.
Cuando los familiares llegaban a la morgue, llorando, temblando, suplicando por un minuto más, él les hablaba con tono compasivo pero firme, casi clínico:
—Lo entiendo. Pero es natural. Todos vamos hacia allá.
Y lo creía. Había diseccionado más cuerpos que abrazos había dado en los últimos años. La muerte, para él, era casi un lenguaje. Fría. Ordenada. Inevitable.
Hasta que llegó Sofía.
Su hija. Ojos de otoño, risa de campana. Tenía solo diez años.
Un conductor ebrio. Un cruce de calle. Un segundo. Y su mundo se detuvo.
Leonardo llegó al hospital con la bata aún manchada del caso anterior. La vio en la camilla, pequeña, inmóvil. Sus manos, esas manos acostumbradas a abrir cuerpos y sellar destinos, temblaban por primera vez.
Y no hubo discurso.
No hubo ciencia.
No hubo ciclo natural que lo consolara.
Solo un grito mudo. Un dolor que le nació en los huesos y se esparció por cada rincón del alma.
Los días pasaron como en niebla. Volvió a trabajar. El quirófano lo esperaba. Pero algo en él ya no encajaba.
Un día, recibió a una madre que lloraba a su hijo de 17 años. Antes, le habría dicho lo de siempre. Pero esta vez, la miró, con los ojos hinchados por dentro, y solo le dijo:
—Lo siento. No hay palabras. Solo… estoy aquí.
Y en ese momento entendió: la muerte no solo era efímera, no solo era biológica. Era violenta, injusta, desgarradora.
Y el dolor… el dolor era humano. No se autopsiaba. No se explicaba.
Desde entonces, dejó de dar discursos. Empezó a escuchar más. A estar. A acompañar. Ya no hablaba de muerte como concepto. La conocía por dentro, no por libros, sino por amor perdido.
Supo, por fin, que hay cosas que ni la ciencia puede sostener.
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