“Bailar Aunque Duela”

“Bailar Aunque Duela” Catalina tenía 16 años y los pies llenos de heridas, pero el alma ardía de ganas. Desde pequeña soñaba con entrar a la Academia del Sur, donde las luces parecían seguirte y el suelo era testigo de futuros gigantes. Una audición estaba a punto de abrirse. Solo había un problema: la inscripción costaba más de lo que sus padres podían juntar en meses. Su mamá limpiaba casas y su papá trabajaba en una fábrica que achicaba turnos por la crisis. Las cuentas eran un enjambre de papeles con números rojos. Cuando Catalina les mostró la solicitud, sus padres se miraron en silencio. —No es que no queramos, hija —dijo su madre—, es que no podemos. Catalina no lloró. Ni gritó. Solo se metió los auriculares, le dio play a su lista de flamenco, y empezó a pensar. En trabajos no la aceptaban: “Menor de edad”, “Sin experiencia”, “Muy chica para esto”. Pero tenía dos cosas: talento en las piernas y creatividad en la cabeza. Un sábado se fue a la plaza principal con una bocina vieja...